Moody’s
Moody´s Corporation (MCO) cotiza en la bolsa de Nueva York y sus diez primeros accionistas concentran el 53,5% del capital. Destacan especialmente dos de ellos: Berkshire Hathaway y The Capital Group. El primero de ellos es el conglomerado financiero que lidera el conocido gurú y financiero Warren Buffet.
Moody´s Corporation (MCO) cotiza en la bolsa de Nueva York y sus diez primeros accionistas concentran el 53,5% del capital. Destacan especialmente dos de ellos: Berkshire Hathaway y The Capital Group. El primero de ellos es el conglomerado financiero que lidera el conocido gurú y financiero Warren Buffet.
Llegó a tener hasta un 20% del capital, pero ahora está en retirada
con una participación a la fecha del 12,47%. Parece ser que el llamado por sus
admiradores “oráculo de Omaha” se sintió muy incómodo (por las repercusiones en
sus otras actividades) al haber sido citado por el Congreso de Estados Unidos.
Se le convocó para testificar sobre los fallos de las agencias de calificación
en la evaluación de riesgos antes del estallido de la crisis subprime en agosto
de 2007. The Capital Group, directamente o a través de varios de sus fondos, es
actualmente el mayor accionista de Moody’s.
No en vano posee el 16,4% de las acciones, aunque puede concentrar
más derechos de voto si agrupa otras participaciones de varios de los fondos
que promueve, entre ellos los de American Fund. Fue fundada en 1931, tiene su
sede en Los Ángeles y declara gestionar en torno a un billón de dólares.
Otros miembros de la industria financiera con participaciones
relevantes en el capital de Moody’s son: T Rowe Price (5,95%) fundada en 1937,
con sede en Baltimore y con activos en gestión por 510.000 millones de dólares;
Value Act (3,63%) fundada en 2000, con sede en San Francisco y Boston y con una
cartera de 5.000 millones de dólares; Vanguard Group (3,36%) fundada en 1975,
con sede en Valley Forge y 1,6 billones de dólares en cartera; State Street
(3,36%), un hólding de servicios financieros con sede en Boston que tiene su
origen en uno de los bancos más veteranos de EEUU y que declara gestionar (2,1
billones) de dólares; BlakcRock (3,28%) con sede en Nueva York, fundado en 1988
y considerado uno de los mayores (si no el mayor) gestor de activos del mundo
con una cartera de 3,65 billones de dólares; Neuberger Berman (2,86%) fundado
en 1939, con sede en Nueva York y cerca de 200.000 millones de dólares en
gestión; Invesco (2,55%) fundado en 1997, con sede en Atlanta y con una cartera
de 617.000 millones de dólares.
Standard & Poor’s
A diferencia de Moody’s Standard & Poor’s (S&P) no cotiza. Sí lo hace, en la bolsa de Nueva York, su propietario el grupo editorial McGraw Hill. Es ahí donde se encuentran algunas coincidencias con su máximo competidor. De hecho tienen varios accionistas comunes. Estos son: The Capital Group (12,31%); State Street (4,34%); Vanguard Group (3,84%); BlackRock (3,84%) y T Rowe Price (3,32%).
A diferencia de Moody’s Standard & Poor’s (S&P) no cotiza. Sí lo hace, en la bolsa de Nueva York, su propietario el grupo editorial McGraw Hill. Es ahí donde se encuentran algunas coincidencias con su máximo competidor. De hecho tienen varios accionistas comunes. Estos son: The Capital Group (12,31%); State Street (4,34%); Vanguard Group (3,84%); BlackRock (3,84%) y T Rowe Price (3,32%).
Otros miembros de la industria financiera que se encuentran entre
los diez primeros accionistas de McGraw Hill son: OppenheimerFunds (3,38%)
fundada en 1960, con sede en Nueva York y que pertenece al grupo asegurador
MassMutual Finantial; Dodge Cox (2,35%) fundada en 1930, con sede en San
Francisco; Fiduciary Management (2,05%) fundada en 1980, con sede en Milwaukee
y 12.300 millones de dólares en gestión; Independent Franchise Partners (1,37%)
fundada en 1996, con sede en Londres y con una cartera de 5.100 millones de
dólares. La lista de los diez principales accionistas de McGraw Hill que
concentra el 39,49% del capital la cierra el fondo de pensiones de los maestros
de Ontario (Canadá) con una participación del 1,94%.
Fitch
La tercera gran agencia de ráting global, aunque a gran distancia de sus dos principales competidores es Fitch. Se trata de una compañía con doble sede (en Nueva York y en Londres) que reclama tener un carácter europeo. Su capital se lo reparten la francesa Fimalac (60%) y The Hearst Corporation.
La tercera gran agencia de ráting global, aunque a gran distancia de sus dos principales competidores es Fitch. Se trata de una compañía con doble sede (en Nueva York y en Londres) que reclama tener un carácter europeo. Su capital se lo reparten la francesa Fimalac (60%) y The Hearst Corporation.
La primera la fundó en 1991 el francés Marc Ladreit de Laccharière,
uno de los empresarios franceses más discretos e influyentes. Cotiza en la
bolsa de París y su fundador posee cerca de un 80% del capital. Fimalac, que
entre otras inversiones es propietario del grupo Sofres, inició su andadura en
el mundo de las calificaciones en 1993.
Lo hizo al adquirir una pequeña casa de ráting londinense llamada
IBCA. En 1996 compró otra agencia de calificaciones especializada en el mundo
del seguro llamada Quest, que integró en IBCA. Finalmente en 1997 pasó a
controlar la norteamericana Fitch´s Investor Services, que absorbió IBCA. En
esta aventura le acompañó el grupo editorial Hearst, cuyo capital controla en
su totalidad los descendientes de William Randolf Hearst.
http://www.expansion.com/2011/07/28/empresas/banca/1311889721.html?a=bf9d1bf77a2cf18c277eca6ea17b35ec&t=1327629533
REPORTAJE:
vida&artes
Todo el poder para los que se equivocaron
Las
agencias de calificación mantienen una gran influencia en los mercados pese a
los continuos errores de los últimos años - Sus últimas decisiones han desatado
el miedo de los inversores
Los jefes de Moody's salen de
la crisis que ellos provocaron con sueldos récord
Los
ejecutivos de la agencia cobran un bonus por ayudar a "restaurar la
confianza" mientras el Congreso de EE UU la pone como ejemplo de malas
prácticas
MIGUEL JIMÉNEZ .El País- Madrid - 27/03/2011
Las agencias de calificación han salido
tocadas de la crisis financiera. Su credibilidad está
en entredicho , el Congreso de Estados Unidos les ha proclamado
culpables de la crisis y sus beneficios han retrocedido al nivel de hace varios
años. Sus altos ejecutivos, sin embargo, han pasado la página con sueldos y
bonus récord, al menos en el caso de Moody's. La convocatoria de junta recién
realizada por la compañía indica que la retribución de su presidente ejecutivo,
Raymond McDaniel, subió un 69% en 2010 hasta los 9,15 millones de dólares (unos
6,4 millones de euros).
La cúpula de Moody's cobra ahora el doble
que antes de la burbuja
El presidente de la agencia ganó un 69% más
y recibió un bonus del 157%
En 2006, Moody's fue una "fábrica de
triples A" para títulos hipotecarios
"Esta crisis no habría ocurrido sin
las agencias", según el Congreso
Los cinco directivos mejor pagados de la
firma se repartieron 20 millones de dólares, con un aumento del 60%. Moody's
concede mucha importancia a la paga variable, y lo justifica en el alza de los
beneficios de 2010, pero como en muchas empresas, la paga variable varía más
hacia arriba que hacia abajo. La cúpula de Moody's gana el doble que en 2005
pese a que desde entonces el resultado operativo ha caído el 17% y el beneficio
neto cerca del 10%. La firma hizo alguna rebaja de los sueldos cuando los resultados
se desplomaron, pero con el repunte, los ha situado en niveles récord. Los
directivos ganan ahora más que en 2006, en plena burbuja, pese a que entonces
el beneficio operativo era un 63% superior. La crisis les ha salido rentable.
Entre los conceptos retributivos de 2010,
uno llama la atención. Moody's premia a su presidente, entre otros motivos, por
sus logros al "ayudar a restaurar la confianza en las calificaciones de
Moody's Investors Service al elevar el conocimiento sobre el papel y la función
de las calificaciones (...)". El premio se aprueba semanas después de que
el Congreso de EE UU haya señalado a las agencias de calificación entre los
culpables de la crisis financiera y haya resaltado justo a Moody's como caso de
estudio sobre las malas prácticas que provocaron la crisis.
McDaniel fue uno de los ejecutivos que
compareció ante la comisión de investigación del Congreso sobre las causas de
la crisis y el informe final no le deja en muy buen lugar ni a él ni a otros
directivos de Moody's que actuaron bajo sus órdenes.
"Concluimos que los fallos de las
agencias de calificación crediticia fueron engranajes esenciales en la
maquinaria de la destrucción financiera. Las tres agencias fueron herramientas
clave del caos financiero. Los valores relacionados con hipotecas en el corazón
de la crisis no se habrían comercializado y vendido sin su sello de aprobación.
Los inversores confiaron en ellas, a menudo ciegamente. (...) Esta crisis no
habría podido ocurrir sin las agencias. Sus calificaciones ayudaron al mercado
a dispararse y sus rebajas de 2007 y 2008 causaron estragos", concluye el
informe.
El documento resalta que de 2000 a 2007
Moody's consideró de máxima solvencia (triple A) a 45.000 valores relacionados
con hipotecas. El informe repasa los modelos de cálculo desfasados, las presiones
de las firmas financieras y cómo se anteponía el ansia por ganar cuota de
mercado a la calidad de las calificaciones. La comisión señala que hubo un
"claro fallo de gobierno corporativo en Moody's, que no se aseguró de la
calidad de decenas de miles de calificaciones".
El presidente ejecutivo de Moody's acudió a
testificar ante la comisión acompañado por Warren Buffet, el principal
accionista de la agencia. Pero Buffet se lavó las manos. "Al ser
preguntado sobre si estaba satisfecho con los controles internos de Moody's,
Buffet contestó que no sabía nada sobre la gestión de la agencia: 'No tenía ni
idea, no he estado nunca en Moody's, no sé ni dónde están'. Buffet dijo que
invirtió en la compañía porque el negocio de las agencias de calificación era 'un
duopolio natural, lo que le daba un increíble poder sobre los precios",
relata el informe de la comisión.
Otros testimonios muestran que cumplir las
normas no era prioritario para Moody's. Un antiguo director de Cumplimiento,
Scott McCleskey, contó a la comisión cómo en una cena el entonces responsable
del área de calificaciones, Brian Clarkson, apodado elDictador, presumía
de los buenos resultados logrados gracias a los títulos hipotecarios. Se acercó
a McCleskey y delante de todos los miembros del consejo les espetó:
"¿Cuántos ingresos ha generado Cumplimiento este trimestre? Nada,
nada". Al ser preguntado al respecto, Clarkson dijo a la comisión que no
recordaba esa conversación.
Otro antiguo alto ejecutivo señaló cómo al
llegar a Moody's en 1997 el mayor temor de los analistas era errar en una
calificación. Cuando se fue, lo que todos temían era que se considerase que
ponían en peligro la cuota de mercado de la firma.
La comisión reveló que un informe enviado a
McDaniel subrayaba que de los tres factores de competencia entre agencias,
precio, servicio y calidad de las calificaciones, este último se había
convertido en el menos importante y que incluso penalizaba el negocio, lo que
"podía poner todo el sistema financiero en peligro", según el
informe.
Moody's pasó de tomarse hasta dos meses
para analizar un producto financiero estructurado a poner 30 sellos de triple A
cada día. En 2006 se convirtió en una "fábrica de triples A". Los
resultados fueron desastrosos: el 83% de los títulos hipotecarios valorados
triple A ese año acabaron siendo degradados.
Pese a los "fallos abismales" que
la comisión relata, Moody's ha mantenido incólume su plan de bonus en metálico
de 2004 y ahora premia a su jefe por sus esfuerzos para restaurar una
credibilidad que precisamente se ha visto dañada estando él al frente de la
compañía. La empresa le ha otorgado un bonus del 157% de su objetivo. Y además
el incentivo de los altos ejecutivos se ha "ajustado" otro 10% al
alza por una encuesta sobre la satisfacción de los inversores.
En el informe también se ve cómo las
agencias se iban equivocando una y otra vez al valorar la solvencia de las
entidades que acababan cayendo como Bear Stearns, Lehman o AIG. Moody's tenía
para AIG una calificación similar a la que otorga al Santander o al BBVA e
incluso después de la quiebra de Lehman, cuando la Reserva Federal maniobraba a
la desesperada para salvar a la aseguradora, la rebaja de calificación fue de
solo dos escalones, hasta A2, superior a la que concede a la gran mayoría de
entidades españolas.
En la transcripción de la declaración de
McDaniel, una frase aparece destacada: "Los inversores no deberían confiar
en las calificaciones [de las agencias] para comprar, vender o mantener
valores". Es un consejo del presidente de Moody's.
- La comisión del Congreso de EE UU que investigó la crisis concluyó hace
unas semanas que las agencias de calificación fueron piezas esenciales
de la "maquinaria de destrucción financiera".
- Raymond McDaniel lleva siendo presidente ejecutivo de Moody's
Corp desde 2005y con él se produjo el auge de las calificaciones de alta
solvencia a títulos respaldados por hipotecas basura.
- El Congreso de EE UU ha elegido a Moody's como caso de estudio para
ilustrar los "fallos abismales" de las agencias sin los cuales la
crisis no habría ocurrido.
- Pese a ello y pese a la caída de
beneficios de Moody's desde su punto álgido, la empresa ha dado a
McDaniel y sus ejecutivos retribuciones récord en 2010.
REPORTAJE:
vida&artes
Todo el poder para los que se equivocaron
Las
agencias de calificación mantienen una gran influencia en los mercados pese a
los continuos errores de los últimos años - Sus últimas decisiones han desatado
el miedo de los inversores
CLAUDI PÉREZ .El País.14/12/2009
El magnate Bernard Madoff,
el mayor estafador de los últimos años -una categoría realmente difícil de
alcanzar en los tiempos que corren-, lucía una sonrisa maléfica en las fotos y
una rutilante triple A en la tarjeta de presentación de su entidad financiera.
Muchas de las ya mundialmente conocidas como hipotecas basura y sus aledaños
tóxicos presumían de esa misma triple A, incluidos algunos de los bonos del
quebrado Lehman Brothers, un banco cuya caída detonó algo parecido a una bomba
atómica sobre los mercados internacionales. La omnipresente triple A es la
máxima nota que conceden las agencias de calificación a los productos
financieros -y a la deuda de los Estados más solventes- para que los inversores
sepan de qué y de quién fiarse. Si usted tiene entre manos cualquier producto
con esa nota, desde un bono alemán hasta la última retorcida innovación de la
industria financiera, debería estar tranquilo: la probabilidad de impago es
prácticamente nula, según los modelos estadísticos más avanzados que utilizan
esas agencias.
La UE y EE UU señalan a las calificadoras como culpables de la
crisis
La nueva normativa financiera acabará con algunos de los fallos más
flagrantes
En teoría, claro. Porque en
los mercados financieros, las matemáticas ya no son lo que eran.
A la vista de lo
ocurrido con Madoff, con lassubprime y
con Lehman, las agencias de ratingson
el mismísimo demonio, o al menos uno de los grandes diablos de la crisis. No
vieron venir nada de lo que se avecinaba. No hicieron bien su trabajo. No
advirtieron que la banca estaba vendiendo crecepelo. Incluso puede que
contribuyeran a vender humo. Y ahora, justo cuando la economía empieza a
reactivarse, amenazan con cortar de cuajo las alas de la recuperación
alimentando el miedo en los mercados con los problemas de Grecia, y de retruque
meten en el mismo -o parecido- saco a la economía española o a la británica. De
la euforia al desaliento: cuando las cosas van bien sufren ataques de
optimismo, y cuando van mal castigan sin piedad, agravando de esa manera los
ciclos y los problemas de los países afectados. En fin: culpables. Oscar Wilde
debía estar pensando en ellas al escribir aquello de "conocen el precio de
todo y el valor de nada".
Evidentemente, el veredicto
no puede ser tan tajante. No es tan fácil. Nada relativo a esa pseudociencia
social conocida como economía puede ser tan sencillo. Pero por ahí van los
tiros: algo habrán hecho mal cuando la Unión Europea, Estados Unidos, el Fondo
Monetario Internacional (FMI), los bancos centrales y casi todo quisque les
señalan, si no como culpables, sí como colaboradores necesarios de la crisis. Y
cuando hasta las propias agencias asumen que tienen que cambiar algunas cosas.
La traducción literal de
Standard & Poor's es "normal y pobre". Moody's, en román
paladino, significa algo así como "deprimido, de humor variable". Si
el nombre hace la cosa (algo dudoso en los países anglosajones: hay alguna gran
empresa llamada "Ernesto y Joven"), las agencias de calificación de
riesgos están de capa caída. S&P y Moody's, que copan casi el 80% del
negocio, gozaban de una gran reputación en los mercados financieros hasta hace
sólo unos años, pero en cada una de las últimas crisis se han ido dejando
jirones de credibilidad. Y aun así se han convertido en un contrapoder capaz de
desestabilizar empresas, sectores enteros e incluso Gobiernos: pese a sus
continuos errores y abusos mantienen una gran influencia sobre los mercados.
La confianza, las
promesas son la base de la economía; la piedra filosofal. Y hace ya tiempo que
en lo relativo a la confianza las agencias juegan con fuego: "En los años
ochenta, le retiraron la máxima nota a Venezuela un día antes de que su
Gobierno decidiera suspender el pago de la deuda externa; en la crisis asiática
de los noventa mantuvieron los ratings hasta que se desató el huracán, y sólo
entonces empezaron a degradar rápidamente las calificaciones de varios países,
con un proceder que no hizo sino agravar la situación y contribuir al
comportamiento rebaño de los inversores, que retiraron masivamente
capitales", ataca Juan Ignacio Crespo, de Thomson Reuters. "Con esos
antecedentes, parece increíble que los mercados sigan fiando su salud mental y
financiera a las opiniones de las agencias", sostiene.
Las quiebras de Enron y
Parmalat acabaron de sembrar de dudas la labor de las agencias: actuaron con
una lentitud exasperante, que algunos sólo entendían por el hecho de que eran
-y son- las mismas empresas que reciben sus notas las que les pagan por las
calificaciones. "Conflicto de interés": así se denomina finamente ese
problema mayúsculo. Si un banco (o un Estado) quiere una nota para evaluar la
calidad de su deuda, paga religiosamente por esa nota a las agencias. Y a veces
paga incluso por labores de asesoría, en un modelo de negocio que recuerda
peligrosamente al de las auditoras y consultoras y que saltó por los aires hace
unos años, tras la morrocotuda crisis de confianza provocada por Enron.
Los errores con las subprime parecían la puntilla: "Las
agencias han desempeñado un papel clave en la crisis", denuncia Amadou N.
R. Sy, del FMI, en un trabajo demoledor sobre el sector. Asignaron ratings elevados a los productos estructurados
-la también llamada basura hipotecaria-, hasta que la burbuja explotó. Hay
indicios de que en algunos casos contribuyeron a definir los modelos
matemáticos que permitían a esos complicados productos cosechar las máximas
calificaciones de crédito para que pudieran comprarlas los fondos de inversión
y de pensiones. Sólo cuando todo reventó iniciaron una "abrupta e
inesperada carrera de rebaja en las notas crediticias que multiplicó el miedo,
las pérdidas y un rápido drenaje de la liquidez". "Son procíclicas:
alimentan las compras en los buenos tiempos y aceleran las pérdidas en los
malos tiempos", resume Sy.
Pero hay más. A la
crisis subprime (o financiera) le ha seguido una
durísima crisis económica (o real), a la que los países desarrollados y los
emergentes han respondido a la manera keynesiana: montañas de déficit y deuda
pública que, según todos los análisis, han evitado una Gran Depresión. Y ahí
vuelven a aparecer problemas con las agencias, que pueden estar castigando a
los países que llevan a cabo justamente las políticas que la coyuntura exige.
Hace unos días, Dubai anunció que debe posponer el pago de parte de la deuda de
Dubai World, un holding controlado por el Gobierno del
emirato. Las agencias llegaron tarde y degradaron los rating dubaitíes cuando esa decisión estaba
tomada. Pero lo grave es que ahora ven problemas por todas partes: apretaron el
gatillo contra Grecia por su pésima situación financiera, y amenazan a otros
países con situaciones muy diferentes como España y, en menor media, EE UU y
Reino Unido, lo que ha provocado el habitual incendio en los mercados.
"Se están equivocando
de la forma habitual", afila el látigo un rotundo Paul de Grauwe,
economista de la Universidad de Lovaina. "Tras infravalorar el riesgo de
los activos tóxicos que provocaron la crisis financiera, tras fallar de forma
estrepitosa, ahora exageran y se pasan al otro extremo con la deuda
soberana", añade. "Tampoco esta vez son capaces de ver nada: bajaron
las notas de los bonos de Dubai cuando ya era demasiado tarde. Y
sobrerreaccionan ahora con la deuda pública de muchos países: Grecia es
realmente un problema, pero España no lo es. Quieren que esta vez no les pille
el toro y por eso preparan nuevas rebajas, para tapar el hecho de que no se han
enterado de nada. Para cubrirse, en suma. Cada vez que llega una crisis,
primero no la ven, y luego no hacen más que agravarla: son de gran ayuda para
desestabilizar el sistema financiero", remacha.
Vicente Pallardó, del
Observatorio de Economía Internacional de la Universidad de Valencia, resume
las principales críticas que arrastran las agencias desde hace años. Un póquer
peligroso: "Hay un problema manifiesto de incentivos: las mismas empresas
que deben ser examinadas les pagan generosamente, con márgenes de hasta el 50%.
Y cuanto más negocio hay más comisiones cobran, lo que ha contribuido a
propagar innovaciones financieras peligrosas". Dos: hay escasa
competencia. Apenas tres agencias (Moody's, S&P y Fitch) se reparten más
del 90% del pastel, "y cuando en un mercado no hay competencia se producen
cosas raras". Tres: "Usan la misma escala para los productos
financieros más innovadores y para los bonos públicos: no es lo mismo una
triple A para la deuda alemana que para una titulización hipotecaria, con lo
que se da una señal equívoca a los inversores". Y cuatro: "La propia
regulación les da un estatus, una credibilidad, que no se corresponde con los
errores de los últimos años". La normativa financiera obliga, por ejemplo,
a que los fondos de pensiones inviertan sólo en productos triple A. En su
descargo, las agencias aducen que los gestores de esos fondos lo fían todo a
sus calificaciones y se ahorran así una parte fundamental de su trabajo: no
analizan lo suficiente el riesgo asociado a esos productos y compran activos
que acaban provocando incendios en sus cuentas de resultados. Una práctica -la
de no mirar con lupa los riesgos, que llevó a la barra libre de excesos-, que
es prácticamente la semilla de esta crisis. De casi todas las crisis.
Esas dificultades no
son fáciles de resolver. Tanto EE UU como la UE -que en los últimos años optó
por que las agencias se autorregularan- estudian ahora nuevas reglas para
evitar que se repitan viejos errores. Descartada la hipótesis de los mercados
perfectos, arrasada por la crisis, las agencias siguen siendo necesarias para
evitar los fallos de "información imperfecta": no son infalibles,
pero pueden ser una buena guía para un inversor que sabe poco acerca de lo que
circula en los mercados. "Las agencias tienen un gran poder de lobby y se saben imprescindibles. Así que
van a mantenerse: pactarán una nueva regulación que a ellas mismas les permita
atarse parcialmente de manos sin que el negocio se resienta", afirma
Xavier Freixas, de la Pompeu Fabra.
Una de las reformas
más perfiladas es separar su labor de asesoría de la de calificación de
riesgos, las famosas murallas chinas, a la manera de lo que hicieron
consultoras y auditoras tras el escándalo de Enron. "Otra de las
posibilidades sería traspasarle el coste del rating al inversor, lo que reduciría los
conflictos de interés, aunque eso puede provocar errores en la formación de
precios", abunda Gilles Saint-Paul, de la Universidad de Toulouse, para
quien al fin y al cabo "tampoco las agencias han jugado un rol tan
importante en la crisis". "Las calificaciones hubieran sido correctas
si la burbuja inmobiliaria no hubiera explotado, y nadie (ni los mercados ni
los bancos ni los Gobiernos) asumía que eso era posible. Así que la crisis no
es obra de las agencias. Hubiera sido exactamente igual sin ellas",
apunta.
Hay quien no piensa
lo mismo. En los últimos años las agencias no han perdido ni uno solo de los
numerosos juicios por sus errores, algunos de ellos flagrantes. Se acogen a la
sexta enmienda de la Constitución de EE UU, la relativa a la libertad de
expresión: unrating es
simplemente una opinión. Una opinión sobre la solvencia y la capacidad
crediticia de una deuda o un deudor. Nada más. Con ese argumento no hay juez
que las condene (aunque por eso mismo algún economista las despacha con desdén
como "simples periodistas financieros"). Y aun así, las demandas
siguen apareciendo: ahora mismo hay decenas en los juzgados. El fiscal general
de Ohio, en nombre de los fondos de pensiones públicos, les reclama millones de
dólares por daños y perjuicios, por negligencia y fraude. Varios Estados
estudian unirse a esa demanda.
Martin Win, de S&P, se
defiende y admite incluso algunos errores: "Entendemos que algunas de las
cosas que han pasado son una decepción, pero la nueva normativa va a mejorar la
calidad y la transparencia de las calificaciones de deuda y va a reducir los
conflictos de interés". A la luz de lo que ha salido de Bruselas y de
Washington (meros apuntes para una reforma que se adivina tibia), eso está por
ver.
Los expertos solían
ser tibios con S&P, Moody's y compañía. Pero las cosas están cambiando. El
economista Daniel Gros considera que son "una forma de expresión más del
humor de los mercados". Y ese humor es de lo más caprichoso; volcánico.
Antonio Baños, autor de La
economía no existe, es más directo: "Los mercados siguen creyendo de
forma hipnótica en las matemáticas, en la borrachera de estadísticas de los
últimos años. Las agencias les dan eso con modelos bellísimos, elegantes,
supuestamente perfectos. Pero hay truco. Han montado un tinglado sensacional en
torno al riesgo: lo modelizan, lo granulan, lo empaquetan, pero nunca van a
conseguir que el riesgo desaparezca, por mucha triple A que inventen. Es
increíble que opine S&P y España suba o baje, como en Eurovisión, por una
simple opinión cuyo fundamento es cuando menos dudoso".

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